domingo, 22 de diciembre de 2024

Siete años, tres meses y quince días

Han pasado siete años, tres meses y quince días...
Entre cada estación del Metro de Madrid florece un espacio de tiempo, vacío y eterno...
Es ese en el que obligo a mi mente a no cerrar los ojos, a no caer otra vez.
Como si fuera una película de terror, no consigo olvidarlo.
Tengo la esperanza de soltarlo. 
Ahí voy, ahí me lanzo, rebobinando el tiempo...

Como una procesión, salimos de la misa de despedida.
Sara, la mejor amiga de mamá, la llevaba del brazo y me daba ánimos.
Qué curiosa la vida, años después quedaría viuda y le devolveríamos los abrazos.

Escuché a los agentes de la funeraria murmurar detrás mío:
"La señora está muy mal, no creo que la jovencita pueda entrar... ¿no hay algún hermano?"

"Ya escuchaste a la señorita, ni preguntemos porque han sido tremendos hijosde..."

Retrasé los pasos y le pedí a Sara que se quede con mamá. 
Se acercaron y me lo soltaron:
"tiene que escoger quién va,
si usted o su madre junto a dos acompañantes,
de preferencia varones"

No sabía lo que me esperaba. 
No quería terminar de matar en vida a mi madre.
Iría yo y tu mejor amigo, sin dudarlo. El que siempre estuvo a tu lado. El que te daba un beso y te cuidaba como si fueras su hermano. 

Para escoger al segundo varón, dejé mi dolor de lado y pensé en ti, solo en ti. Habrías querido que vaya al menos alguno de tus hermanos. El menor quizás, el que decías que era un poco diferente a los demás.

Como si fuera una cárcel donde no sabes qué hay por dentro, entramos los tres.
Pasamos una puerta y esperamos en una sala pequeña.
No recuerdo si firmamos algún papel, hubiera firmado la venta de mi vida al diablo si me decían que habías despertado.
Miré al suelo, se abrió una puerta pequeña y pasamos. 
Fue muy rápido, ahí estabas tú, pensé que me estabas esperando.
Qué bonito terno te habíamos puesto, me perdí en esa imagen... verte acostado.
De pronto se abrieron las puertas del infierno...
Para mí, eso era el infierno...
Dios me estaba castigando y algún motivo tendría.

Como si fueras un pan, con una pala de metal, empujaron tu cuerpo al averno.
Fue todo tan rápido que cuando me di cuenta me había lanzado a las puertas del infierno.
Quería meterme ahí, quería irme contigo.
Veía el reflejo del fuego, sentía mi cuerpo caliente...
Pensé que mis lágrimas secarían las llamas.

Fue como si mi alma se desdoblara.
Me escuchaba a mí misma.
Me veía luchando con Manuel y tu hermano.
Me veía gritando, pateando, arrastrándome para que me dejen sacarte.

No puedo borrar esos gritos.
Lo peor es que son los míos.
Quiero hacerlo.

Ese día, mi corazón, la mitad de mi vida se lo llevó el averno.
Ese día grité tanto que siete años, tres meses y quince días después sigo afónica.
Ayúdame a borrar ese episodio de mi vida.
Ayúdame a recuperar mi voz y cantar de nuevo.

domingo, 10 de noviembre de 2024

Estado comatoso

Lo recuerdo como si fuera ayer.

La noche anterior estabas agotado. No tenias fuerzas. Tus piernas no sostenían tu cuerpo. Una vez más, usamos la mesa de madera con rueditas como andador. Posabas tus manos en ambos lados, te sostenías fuerte y la empujabas despacio, era tu apoyo para alcanzar el colchón clínico que te instalamos en mi habitación.

Esa noche, me acerqué mucho más, iba detrás tuyo como si fueras mi bebé. Temía que te cayeras en el pasillo.

Te acosté, te abrigué. Repetías cuánto te gustaba el colchón clínico que había conseguido. Te di un beso de buenas noches en la frente y me fui a descansar. Esa noche en particular, oré mucho, lloré nuevamente y entre lágrimas pedí tu sanación. Como era de costumbre, me dormí sollozando. 

Los gritos de mi madre me despertaron la mañana siguiente. Corrí a mi habitación y la encontré temblando, llorando. Sentada a tu lado, repetía tu nombre y el de Dios constantemente. Te daba palmadas en el rostro. Me preguntaba: ¿Por qué no despierta? "Miguel, por favor. No me dejes, por favor. Miguel, escúchame. Miguel, Miguel". Me senté a tu lado y le dije: "Mamá, está bien dormido, seguro, ayer estaba bien cansado". Te hablé despacio, anidando la esperanza de que con mis palabras puedas despertar.  "Papá, despierta ya, papá, levántate". No me escuchabas, tu respiración era anormal. En ese momento caí en cuenta que todo había cambiado.

Lo siguiente fueron unas serie de llamadas, a los bomberos, al médico. La ambulancia llegó rápido. Escuché de boca de los bomberos - E S T A D O   C O M A T O S O - El médico me lo confirmó. Mi mamá fue en la parte de atrás contigo. Yo, en shock, ante la mirada de los vecinos. Vi la calle, recuerdo concentrarme en el tráfico y mover mentalmente los coches para que la vía quede libre.

No recuerdo como bajamos de la ambulancia. No recuerdo en qué momento entramos a trauma shock. No recuerdo cuándo te movieron. Solo recuerdo el color de la bombilla roja encendida de trauma shock. El sonido de unas puertas pesadas abriéndose y una bata blanca acercándose hacia nosotras.

"Despídanse" "Es lo mejor que pueden hacer" "Le quedan horas, a lo máximo un día".

Querían entubarte. ¿Lo imaginas? ¿¡Profanar tu cuerpo con tubos!? Mamá, estaba muda. Nos miramos, llamamos juntas a tu médico del hospital en el que siempre te atendías y decidimos negarnos.

Si tenías que irte, te ibas ahí. Sin más sufrimiento. 

Entró primero ella. Nunca supe que te dijo. Miraba al vacío. Miraba el pasillo. Yo en cambio, sabía que me podías escuchar, te rogué, te imploré que te levantes. No me quise despedir. Nadie lo sabe, te dije que estarías orgulloso de mí. Pero que me habías hecho una promesa y así tan fácil no te dejaría ir. Te resumí tus grandes progresos en el tratamiento y como de costumbre te di un beso en la mano.

Permanecimos esperando. Mamá seguía mirando al vacío. Yo la tenía de la mano. Se dejaba llevar. No dijimos nada más. Orábamos en silencio. Orábamos por tu regreso.

A las horas, te movieron a otra habitación donde te podíamos ver. Te habían puesto oxigeno. La leve mejoría nos saludaba pero el pronóstico seguiría siendo despedirse de ti. Nuevamente entramos. 

Sabía que nos estabas escuchando. 

Te hablamos con el amor más profundo, ese que solo conocen los esposos y los hijos. Te dimos aliento. Nos aferramos a que nos escuchabas en ese momento. Te dimos fuerzas para salir de eso. Te besamos, te acariciamos las manos...

Sucedió el milagro. Nos dijeron a las horas que habías despertado.

sábado, 9 de noviembre de 2024

Y se echó a volar

Mi cuerpo no era un cuerpo,
mi mente y mi alma se habían disociado.

Había caído a una velocidad espantosa,
sin darme cuenta, 
en una cueva, 
profunda, lúgubre, desoladora.

El tiempo estaba cansado,
el sol me había abandonado
mis piernas se habían unido a la cueva
inertes, pesadas, fangosas.

Mi corazón era lo único que retenía mi alma.
Lo alimentaba con suero.
Permanecía enmascarado.
Por fuera bondadoso, fuerte, elegante.
En el fondo sediento de agua
como un rehén, asustado
anidando la esperanza.

Mi mente me traicionaba,
mi respiración se agitaba,
las piernas me temblaban,
quería llorar...una vez más.

Llegó a la cueva una cantidad increíble de agua,
de manera inhóspita, en secreto,
tanto tiempo en la cueva, 
había olvidado que aquello era una playa.

No escuché el sonido de las olas.
De un momento a otro el agua ya me cubría,
danzaba a mi lado a un ritmo que no podía controlar.

Agradecí al Universo y dije: "este es el fin"
En eso, apareció una blanca mariposa
me cogió en sus alas,
y, se echó a volar.

lunes, 18 de febrero de 2019

7 clavos para andar

Me gusta el silencio que provoca mirar fijamente mi cicatriz.
Lo disfruto porque en ese espacio de tiempo puedo pensar.
Es como si en un parpadear pudiera recordar mi vida y sentir,
como siento el mar, la arena rugosa, 
y la brisa suave, esa que solo sabe acariciar.

Regreso a la última vez que parpadeamos juntos
mientras los dos cielos se unían y el sol caía.
Y mirabas sabiendo que sería la última vez,
tú ya lo sabías.

Mi piel marcada intenta enseñarme,
a la fuerza y sin anestesia
con dos años y dos cosas
cómo se aprender a caminar,
cómo respirar,
cómo intentar reír
y hacerlo sin ti, no puedo.

Miro distinto,
siento distinto,
amo distinto

Saludo al alma con un abrazo fraterno.

Respiro despacio para sentir mi cuerpo.
Lloro sin calma desatando tus recuerdos.
Duermo con miedo,
al día siguiente no estarás más.

Te extraño, viejo.




miércoles, 2 de agosto de 2017

Promesas

Generalmente las personas prometen algo que están casi seguros que irán a cumplir, algo que puede ser guardado por años, por generaciones e incluso durante toda una vida. Prometer no volver a ese lugar nunca más, prometer dejar de decir mentiras, prometer no volver a hacerte daño. Si prometes, es seguro que será muchísimo lo que costará. Demandará un esfuerzo sin decir, lo enorme del sacrificio por el que lucharás, agonizarás controlando tus deseos, tu boca, tus pensamientos.

Prometí no contarle a nadie más tu secreto, para ti fue una promesa, para mi, un sagrado juramento. Moriré sin haber contaminado vírgenes oídos con tal historia llena de dolor, rencor, odio miserable que perturba todas tus noches y sólo llena de aguaceros el algodón, los cojines y tus pupilas dormidas.

Estos labios estan cansados de ser las puertas de mis palabras, fuera de foco, tontas, solas, perturbadas. Han decidido que pueden tener una función mayor en tu tiempo, en nuestro tiempo, en el tiempo que juntos hemos creado. Va más allá de las 24 horas y los 365 días que contamos, los que esperamos con ansías para sanar nuestras heridas. Es necesario extirparlas del corazón, quemarlas en una gran olla, donde se queman todos los pecados, donde fallecen las lujurías y sobre todo donde, el encargado de mover las sobras, tiene las manos tan quemadas que exige a gritos un poquito de amor.

Líbera tus heridas, deja descansar tus miedos en la misma olla donde yo muevo todo los días las sobras de tu dolor, donde con cada giro, se cumple la promesa de hacerte feliz y ayudarte a disminuir tu perturbación, deja que yo ahogue tus demonios con los giros de mi corazón.

Mientras me ocultas tu mirada

Mientras me ocultas tu mirada,
confirmas mis dudas, mi desconfianza y mi dolor.
Cuando velozmente tus ojos descienden al suelo 
cada vez que te miro fijamente 
esperando una confirmación...

Quiero conocer el sonido de tu boca,
quiero saber cómo se siente el engaño,
de la mejor amiga,
con la que crecí jugando desde hace muchos años.

Te abrí las puertas de mi casa, de mi vida y mi ilusión,
no tengo hermanos ni hermanas,
pero a ti te consideré la hermana del alma
por quién derramé lágrimas sin razón...

Entraste a mi casa, 
hurtaste la materialización de mi vida..
tantos años juntas,
ahora lo entiendo, 
la ironía de que inclusive en la amistad,
el que da más, es quien pierde de verdad.

Me siento tan ridícula, 
no es por nada que la pregunta,
¿seremos amigas para siempre?
siempre la hice yo.