domingo, 10 de noviembre de 2024

Estado comatoso

Lo recuerdo como si fuera ayer.

La noche anterior estabas agotado. No tenias fuerzas. Tus piernas no sostenían tu cuerpo. Una vez más, usamos la mesa de madera con rueditas como andador. Posabas tus manos en ambos lados, te sostenías fuerte y la empujabas despacio, era tu apoyo para alcanzar el colchón clínico que te instalamos en mi habitación.

Esa noche, me acerqué mucho más, iba detrás tuyo como si fueras mi bebé. Temía que te cayeras en el pasillo.

Te acosté, te abrigué. Repetías cuánto te gustaba el colchón clínico que había conseguido. Te di un beso de buenas noches en la frente y me fui a descansar. Esa noche en particular, oré mucho, lloré nuevamente y entre lágrimas pedí tu sanación. Como era de costumbre, me dormí sollozando. 

Los gritos de mi madre me despertaron la mañana siguiente. Corrí a mi habitación y la encontré temblando, llorando. Sentada a tu lado, repetía tu nombre y el de Dios constantemente. Te daba palmadas en el rostro. Me preguntaba: ¿Por qué no despierta? "Miguel, por favor. No me dejes, por favor. Miguel, escúchame. Miguel, Miguel". Me senté a tu lado y le dije: "Mamá, está bien dormido, seguro, ayer estaba bien cansado". Te hablé despacio, anidando la esperanza de que con mis palabras puedas despertar.  "Papá, despierta ya, papá, levántate". No me escuchabas, tu respiración era anormal. En ese momento caí en cuenta que todo había cambiado.

Lo siguiente fueron unas serie de llamadas, a los bomberos, al médico. La ambulancia llegó rápido. Escuché de boca de los bomberos - E S T A D O   C O M A T O S O - El médico me lo confirmó. Mi mamá fue en la parte de atrás contigo. Yo, en shock, ante la mirada de los vecinos. Vi la calle, recuerdo concentrarme en el tráfico y mover mentalmente los coches para que la vía quede libre.

No recuerdo como bajamos de la ambulancia. No recuerdo en qué momento entramos a trauma shock. No recuerdo cuándo te movieron. Solo recuerdo el color de la bombilla roja encendida de trauma shock. El sonido de unas puertas pesadas abriéndose y una bata blanca acercándose hacia nosotras.

"Despídanse" "Es lo mejor que pueden hacer" "Le quedan horas, a lo máximo un día".

Querían entubarte. ¿Lo imaginas? ¿¡Profanar tu cuerpo con tubos!? Mamá, estaba muda. Nos miramos, llamamos juntas a tu médico del hospital en el que siempre te atendías y decidimos negarnos.

Si tenías que irte, te ibas ahí. Sin más sufrimiento. 

Entró primero ella. Nunca supe que te dijo. Miraba al vacío. Miraba el pasillo. Yo en cambio, sabía que me podías escuchar, te rogué, te imploré que te levantes. No me quise despedir. Nadie lo sabe, te dije que estarías orgulloso de mí. Pero que me habías hecho una promesa y así tan fácil no te dejaría ir. Te resumí tus grandes progresos en el tratamiento y como de costumbre te di un beso en la mano.

Permanecimos esperando. Mamá seguía mirando al vacío. Yo la tenía de la mano. Se dejaba llevar. No dijimos nada más. Orábamos en silencio. Orábamos por tu regreso.

A las horas, te movieron a otra habitación donde te podíamos ver. Te habían puesto oxigeno. La leve mejoría nos saludaba pero el pronóstico seguiría siendo despedirse de ti. Nuevamente entramos. 

Sabía que nos estabas escuchando. 

Te hablamos con el amor más profundo, ese que solo conocen los esposos y los hijos. Te dimos aliento. Nos aferramos a que nos escuchabas en ese momento. Te dimos fuerzas para salir de eso. Te besamos, te acariciamos las manos...

Sucedió el milagro. Nos dijeron a las horas que habías despertado.

sábado, 9 de noviembre de 2024

Y se echó a volar

Mi cuerpo no era un cuerpo,
mi mente y mi alma se habían disociado.

Había caído a una velocidad espantosa,
sin darme cuenta, 
en una cueva, 
profunda, lúgubre, desoladora.

El tiempo estaba cansado,
el sol me había abandonado
mis piernas se habían unido a la cueva
inertes, pesadas, fangosas.

Mi corazón era lo único que retenía mi alma.
Lo alimentaba con suero.
Permanecía enmascarado.
Por fuera bondadoso, fuerte, elegante.
En el fondo sediento de agua
como un rehén, asustado
anidando la esperanza.

Mi mente me traicionaba,
mi respiración se agitaba,
las piernas me temblaban,
quería llorar...una vez más.

Llegó a la cueva una cantidad increíble de agua,
de manera inhóspita, en secreto,
tanto tiempo en la cueva, 
había olvidado que aquello era una playa.

No escuché el sonido de las olas.
De un momento a otro el agua ya me cubría,
danzaba a mi lado a un ritmo que no podía controlar.

Agradecí al Universo y dije: "este es el fin"
En eso, apareció una blanca mariposa
me cogió en sus alas,
y, se echó a volar.