domingo, 12 de septiembre de 2010

Ni la una, mucho menos la otra



Cabellos largos y grasientos le caían sobre los ojos, el olor de semanas sin que el agua haya recorrido su cuerpo se apoderaba del lugar por el que ella pasara, las uñas negras, largas y filudas parecían más bien mil cuchillas pegadas a sus manos flacas, huesudas. Su boca completamente reseca, las supuestas pepitas de oro eran un sinfin de dientes de mazorcas podridas que dejaban notar su adicción al tabaco, esa letal droga que por muchos años la había acompañado. Los ojos desorbitados contrastaban con el matiz amarillo que desenfocaba su mirada; cada vez que ese buzón se abría sólo el olor a feticidad salía y era algo así como si la vida entera se le habría podrido de una buena vez.
Sus fúlgidos ojos rojos asesinaban a cualquiera que se atreviera a echarle una mirada rápida y así toda la comunidad temía de aquella mujer.
Me parecía increible que las dos se agarraban las manos en medio de la calina brisa, extendieran sus brazos los cuales eran como dos grandes tentaculos, moviéndose tan rápido, que a decir verdad, quién sabe cuántos años escondieron bajo la careta de algún ser extraño, no pasar a la verdad, no admitir que se amaban tanto y que a pesar de los años y la posición social no había nada más que ellas dos...solas..
La mayor tenía cuarenta y dos años, y su proeza en las matemáticas la había llevado a ser una muy buena reconocida profesora de ciencias cuánticas en la Universidad de Bremen, Alemania.
Conoció a la menor durante alguna de sus clases, creo que la mayor la confudió y se confundió, se dejó llevar por algún afán protector al ver que a la pobre e indefensa morena, de piernas flacas y ojos gláucos todo el mundo la agarraba como títere en sus bromas.
La pequeña morena traía apenas quince años encima cuando la prestigiosa profesora la vio por primera vez.
Muchos dicen que los polos opuestos se atraen y aún no entiendo si fue la postura cual jamelgo que no daba ni para un día más o quizás fue también el acento, mezcla de hindú y francés lo que descarriló las bajas pasiones de esa exitosa mujer.
Ambas habían huido de los rumores, de las miradas, y de las sanciones. Ambas buscaban dar rienda suelta a la pasión y a vivir lo que toda una vida escondieron con temor. Sin embargo, ahora se encontraban elloas dos, besándose como dos zainas, agarrándose las manos llenas de sangre, mientras que por los brazos de la mayor escurría el cuerpo de la morena, con la boca abierta y el cuerto desnudo envuelto en visillos...
A la mañana siguientne, una profesora de Ciencias Cuánticas salía de un extraño lupanar y tomaba un taxi hacia la frontera de Marruecos, pidió al taxista que pare en una mezquita pues había que dejar un paquete y seguir con su vida como lo había hecho siempre.

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